30
May
14

La incomprensión

Cuando era una niña, escuchaba a Mozart de forma constante. Mi tía Emilia tenía una colección preciosa de cassettes y cada vez que me quedaba en su casa cogía uno. Cuando llegaba a mi casa los ponía una y otra vez. Y cuando me quedaba sola, aprovechaba para subir el volumen a tope. Recuerdo que eran blancos y las carátulas muy simples. No consigo recordar los nombres de las piezas, pero sí se me quedó grabado qué sentía cada vez que escuchaba una de ellas.

Después de los cassettes de Mozart llegó una colección de CD´s de música clásica. Me enamoré de Vivaldi. Ya tenía diez años, una edad en la que ya el corazón empieza a latir más fuerte cuando lo obligas a reprimir ciertos sentimientos. Y tanto latía que en los momentos en los que me quedaba sola, al igual que me pasaba con Mozart, rompía a llorar escuchando aquella música. Nunca me atreví a decírselo a nadie porque no sabía por qué me pasaba aquello. No nací en una familia de músicos, ni de artistas. Nací en una maravillosa familia en la que papá, mamá, mi hermano y yo nos fuimos educando y aprendiendo juntos. Aprendimos de música, de libros, de sueños, de política, de arte, de ciencia, de la vida. 

Este secreto de las lágrimas cuando escuchaba música se lo confesé a un profesor de primaria. Se llama Tito. Recuerdo que cuando le dije que escuchaba esta música para estudiar y que muchas veces me hacía llorar, me dijo de forma muy educada, ‘luego ven a la sala de profesores y te voy a dar un listado de música clásica’. Él era y es un amante de la música, además de un buen escritor. A partir de aquel día me sentí comprendida. Pero solo por los adultos. Los niños de mi edad no entendían cómo me podía gustar aquello. 

Mis gustos musicales han ido cambiando a lo largo de la vida. Mucho. He ido a muchos conciertos de música clásica. Pero hacía demasiados años que no me atrevía a escucharla en casa por el miedo a no ser entendida por los demás, de nuevo. Ahora mismo, estoy sola en mi habitación, y en otro país. La música la estoy escuchando online. No se la he pedido a mi tía Emilia, ni tengo reproductor de CD aquí, y mucho menos reproductor de vinilos. Tampoco tengo a mi padre alrededor para decirme que por favor baje el volumen que nos vamos a volver locos. En cambio, tengo mis recuerdos intactos y he aprendido que cuando se llora al escuchar música uno no tiene por qué avergonzarse.

Pero he de confesar que aún me siento incomprendida demasiadas veces cuando lloro con la música.¡Qué sensible eres! ¿Estás bien? ¿Por qué? No nací en una familia de músicos ni de artistas, pero ellos me han visto llorar muchas veces cuando escucho música y no me cuestionan nada. El día que alguien llegue y no pregunte por qué lloro significará que me comprende. Esta es otra de las facetas enigmáticas del amor.

 

 

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16
Nov
12

¿Es tan difícil?

¿Es tan difícil? Sí, lo parece. Es difícil responder a lo que no corresponde. Es inmensamente fácil ser valiente si no hay nada que perder y nada que ganar.  Así os mostráis y os demostráis uno y otro y el otro. Y el otro contra el uno.

¿Es tan difícil? Sí, lo parece. Es difícil ser uno mismo porque duele y hay que arriesgar. Y el riesgo esconde daño. Daño que duele y que puede matar con balas de tristeza.

¿Es tan difícil? Sí, lo parece. Es difícil esperar sabiendo que las agujas del reloj traspasan lo que nadie ve, pues lo que se ve no esconde ningún riesgo.

¿Es tan difícil? Sí, lo parece. Es difícil recibir tortazos de traición y de cobardía día tras día. Eso sí es difícil, no es que lo parezca.

¿Es tan difícil? Sí, lo parece. Es difícil entender las palabras cuando no son pronunciadas. Eso sí es difícil. Es inmensamente difícil aguantar el tipo delante de estupideces mundanas. Pero es reconfortante y gratificante sentirse cómodamente sola.

¿Es tan difícil? Sí, lo parece. Es difícil alejarse de la mierda cuando ves que te ahogas entre ella. Es difícil mandar todo a la mierda. Pero aún es más difícil deshacerse de la mierda por haber cometido el error de callarse y sonreír a todos, ante todos y por todo.

¿Es tan difícil? Sí, lo parece. Es difícil creer que esto va a cambiar, y ante la dificultad opto por la oportunidad de pronunciarme de forma prejuiciosa y mandarlo todo a la mierda.

08
Ago
12

Te echo de menos

Te echo de menos porque al final estoy aprendiendo a saber lo que es echar de menos. No, hoy no te escribo para luego echar a correr, ni para que pegues un golpe de timón y te vayas a donde los demonios se divierten con tu tristeza. Tampoco te escribo para que te quedes mirando como un idiota mientras yo sufro por recordar cosas que no te competen. Ni mucho menos te escribo para que me recuerdes que soy simple. No te preocupes, no escribo por aquel llanto irreparable que me provocaba la estúpida expresión de “podemos ser amigos”.

Lo que tengo muy claro es que tampoco he decidido escribir por el recuerdo de haber sido una buena pieza de museo que se expone ante la alta sociedad. No lo hago pensando en aquellas caricias de ternura y prepotencia diciendo que cuando fuese mayor te entendería. Ni por casualidad lo hago por no haberme sabido proteger del daño que me causaste. Hoy no escribo por nada de esto porque todo esto ya está escrito, con diferentes nombre y apellidos, en la historia de mi vida. Hoy escribo porque te echo de menos.

A ti que hablas de corazón y que sonríes con ternura cuando ves a los enanitos entrar en la cocina. A ti que crees en el vuelo infinito y que a la vez tienes los pies más clavados en la tierra que las raíces de un roble milenario. A ti que tiemblas como yo y que me regañas y te ríes con mis tonterías. Eres serio y aburrido, y quedan pocos de esos. La aburrida seriedad y la seriedad aburrida. Eso es lo que no quiero. Justo eso es lo que no quiero olvidar, por eso lo echo de menos.

Ahora que me conozco un poco mejor que hace dos minutos, me he hecho más intolerante con los demás y más tolerante conmigo misma. Y lo primero es consecuencia de lo segundo, a pesar de que sea una aparente contradicción y de que no me guste reconocer que la teoría de los efectos se pueda aplicar sin riesgo. Es una respuesta a mi necesidad de estar tranquila y con lo que quiero. Se van cayendo piezas por el camino, pero yo no toco ni una, porque con una sola caricia puedes estropear su ciclo vital y cada pieza necesita recomponerse a si misma sin ayuda piadosa de nadie.

Tú te construyes a ti mismo desde hace tiempo por eso te echo de menos. Cuando te rompes en trozos te puedo recoger porque sabes el orden exacto de cada pieza que has desparramado. Estoy descubriendo que la gente se despieza y cuando tiene que armarse solo busca ayuda para saber cómo se arma su propio puzzle. Una vez se rearman, con pegamento, se olvidan de todo. Y nunca recuperan su forma original sino que se transforman, pero sin saber cuál era su verdadera armadura. Está bien porque ésa parece ser su necesidad, pero no es la mía, por eso no los echo de menos.

También te echo de menos porque nadie me pregunta sobre mis sueños ni intenta adivinar más allá de una banal conversación. Tú siempre preguntas y también respondes, entiendes el concepto de compartir. A pocos he conocido que sepan lo que significa compartir sin reclamar. Antes o después, lo hacen. No me importa, pero sí me importa. Están perdonados porque también responde a alguna de sus necesidades, pero no a la mía. Así que lo perdono, pero no lo puedo olvidar. Por mi bien y por el suyo.

Tú no reclamas, ni pides, ni te enfadas. Tampoco esperas nada de nadie, o de casi nadie. Por eso te echo de menos. Más de lo que te puedes imaginar, más de lo que me habría podido imaginar.

02
Jun
12

A miles de Kilómetros

No acierto a discernir entre lo que quieren decir y lo que sienten. La mayoría del rebaño dice lo que quiere y hace lo que le dicen y quizá esto sea el motivo por el cual el raciocinio no tiene cabida en estas situaciones. Más allá de eso, lo entiendo todo. Es difícil encontrar lo que no se busca y buscar lo que no se encuentra. Como ya he dejado la batalla hace siglos, ahora lo he encontrado todo. Un todo en plenitud. Un todo con la boca grande y la sonrisa de oreja a oreja.

Esta ciudad me está devolviendo los abrazos que una vez me robó. Me está regalando las sonrisas que añoraba y me está colmando de vida. Todo empezó a cambiar desde que llegó la que no se confiesa ni ante el silencio. La que toca una flor y la hace llorar. La que sonríe sin timidez y la que tímidamente se enfada dejando muy claro su territorio. Es delgadita, igual que esas primeras hojas que tienen las rosas de primavera. Y sabia, tanto como las letras de las canciones que entona a todas horas.

Gracias a ella, también estoy empezando a discernir entre lo que se dice y lo que se siente, porque ella dice lo que siente y siente lo que dice. Hablamos de arpegios, de sostenidos y bemoles y también de acordes. Y escuchamos y escuchamos y escuchamos hasta la saturación el mismo concierto sábado tras sábado. No todo el mundo lo entiende, pero en cambio, el estómago responde sin duelo ante la primera nota. Un domingo, que no sábado, tuve que salir del local porque me mareaba al sentir tanta belleza. Me sentí tan mal por sentirme tan bien, que hasta me asusté.

Gracias a la que vuela sin necesidad de halas, como dice tu poema, estoy siendo yo misma. Amo lo que hago en mi vida. Pero ayer maldije todo lo que tenía a mano por no poder estar allí luchando a puño cerrado.  Desde la distancia, y junto a la que vuela sin halas, intentaré hacer lo posible para volver con las manos llenas. Te echo de menos a ti, que de forma tímida y valiente te dejas ver de vez en cuando y me haces feliz con un puñado de palabras perfectamente hiladas. Tú sientes lo que dices y dices lo que sientes.

Mañana creo que voy a salir a volar 

para que puedas escucharme desde tu habitación que está a miles de kilómetros, pero que resuena tan cerca de la mía que hasta la mar que nos separa se siente celosa por no poder detener el eco de lo verdadero.

29
Mar
12

Bah!

Me sigue sorprendiendo que a estas alturas me sigan sorprendiendo cosas. Me sigue doliendo que a estas alturas me sigan doliendo otras ciertas y no tan ciertas. Sobre todo, las no tan ciertas. Hace tiempo que dejé mis oídos volando por esas nubes de sentimientos. Los abandoné para que encontrasen su suerte. De vez en cuando, vuelven a mí y protestan por el ruido que tienen que aguantar. Los mimo durante una noche y los envío de vuelta a la nube. Tienen que aprender a convivir con el cinismo. Se lo he dicho muchas veces, pero no me hacen caso porque debido a su atrofia no oyen ni escuchan. En el fondo los entiendo, pero no se lo voy a confesar. Los necesito de vuelta, aquí conmigo, en mi cuerpo y liberados de todo, dispuestos a oír y a escuchar.

Esperaré con la calma de aquella que no espera nada de nadie. Una calma que se transforma en algo “ininteligible”, “loco”, “diferente”, para todos. Son las consecuencias de vivir si oídos. Es una sensación extraña el ver cómo te apuntan con el dedo, cómo te juzgan, cómo te hablan sin palabras, y sobre todo cómo te tratan de idiota porque saben que no tienes oídos. Yo los respeto, mucho, muchísimo, hasta que dejo de respetar y comienzo a echar pestes por esta boca que aún conservo. Vivo sin oídos, pero tengo vista de lince y boca de víbora. Peligrosa combinación. Una combinación que te permite observar y atacar sin escuchar. 

Hay veces que me muerdo la lengua y me enveneno. Un sabor dulce, salado, agrio y rompedor que recorre la lengua rota del mordisco. Me gusta sentirlo porque eso implica que estoy a la misma altura que todos. ¿Alguien se ha perdido en este relato? Sí, mis oídos se han perdido. Y después de haberlos encontrado de nuevo se van a volver a perder. Escupiendo, al fondo y a la derecha y en la nube de sentimientos, esperan desesperados. Pero nunca me mienten, ni pretenden ser lo que no son. Por eso, a ellos no los muerdo. Lo de morder, lo dejo para mi lengua, que muchas veces es desacertada, al igual que mis dedos cuando se deslizan sobre el teclado. Son bastante ilusos, tanto los dedos, como la lengua, pero esos ojos son los que me salvan.

Los ojos me salvan de la vida aburrida que se repite con promesas idiotas e inútiles. Con palabras dulces que están envenenadas y que por infortunio no saben dónde está esa nube de sentimientos. Ese es mi gran secreto. Después de desvelar que tengo un secreto solo me queda decir ¡bah! qué más de lo mismo, qué iguales ellos y ellas, qué pretender tan absurdo, qué forma de juzgar. 

27
Feb
12

Se enfadó

Se enfadó tanto que hasta se le borró la alegría del ron. Y después de borrada esa alegría, se enfadó más por haberse permitido el lujo de enfadarse. Al día siguiente no paraba de preguntarse lo absurdo de aquella reacción. Aún hoy sigue pensando. Lo único que tiene claro es que iba desnuda y sin coraza, y eso tiene mucho peligro porque cuando llega un sentimiento se cuela por todos los poros de la piel sin pedir permiso.

Y es que lo peor de todo esto es que una voz vino a interrumpirle el enfado maligno y ahí… se empezó a acabar todo. Y cuando todo se había empezado a acabar, de una forma natural, ella confesó su bienestar absurdo a alguien y ese alguien le dijo que llamase a ese bienestar absurdo. Craso error. El bienestar absurdo es el verdadero y en el momento en el que lo interrumpes se agota la magia. Eso le pasó por no haber escuchado solo a su corazón.

Estos días, con eso de escuchar solo al corazón, está con el agua al cuello y sigue enfadada, pero por otras cosas. Frunce mucho el ceño y contesta de forma estúpida a todo el mundo. Y lo peor es que pocos la entienden. Pero los que la entienden le cuentan secretos para que no se olvide de que sí existe el bienestar absurdo. Ella teme convertirse en piedra de tanto arrugar la frente  porque siente cómo por medio de cada arruga se vierte todo el líquido de rabia y timidez.

Rabia de no alcanzar antes de ahora lo que podrá alcanzar un poco más tarde. Rabia de no poder vivir con el pecho abierto y respirando bocanadas de aire puro. Rabia de tener miedo incluso a darle la mano a algo que no es cotidiano. Rabia de haberse enterado de todo lo que estaba ocurriendo.

21
Ene
12

Me jode

Me jode. ¿Cómo explicar esta expresión? Pues es muy fácil. La expresión “Me jode”. No se explica sino que se siente.

¿Qué cosas te joden?

Me joden muchas cosas

¿Cómo cuáles?

Me jode que me preguntes

¿Y por qué te jode que te pregunte?

Porque me intimidas

¿Y por qué te intimido?

Porque me preguntas

No entiendo por qué te jode

Pues me jode porque sigo recordando TODO

¿Y qué es TODO?

TODO es lo que me jode

No entiendo

No entiendes porque a ti no te jode nada

Quizá

A mí sí me jode y por eso afirmo que me jode

¿Qué?

Me sigue jodiendo que me preguntes

Responde

Me va gustando más porque ya no me preguntas y es ahora cuando voy a responder

¿Qué vas a responder?

Te voy a responder, perdón, te voy a contestar, y muy mal (lo de contestar bien no me jode), que Me Jode que me sigas preguntando.

¿?

Ahora que guardas silencio y que solo tienes cara de interrogación te voy a decir, que no responder ni contestar, lo que realmente me jode.

Me jode ver que todo sigue igual aunque lo intentemos cambiar. Me jode que se intente ir contra lo que se siente. Me jode que se le pongan nombres falsos a las cosas verdaderas. Me jode que se escuche música sin sentirla. Me jode que intenten atrapar a los pájaros libres. Me jode no poder sacar de la mente lo que realmente amé. Me joden las sonrisas falsas. Me jode que nadie descubra la simple realidad. Me jode ver amores llenos de sumisiones. Me joden los sentimientos de amores sin libertad. Me joden las infidelidades, de cualquier tipo. Me jode que se juzgue sin mirar a los propios adentros. Me jode no estar con los que amo. Me jode que no me conozcan. Me jode que, aunque sea sin querer, se atrevan a burlarse de cosas mínimas. Porque me jode que no se aprecien las cosas mínimas. Me jode si alguien no conecta con lo profundo en un chasquido de dedos. Porque todo esto me jode, no vuelvas a preguntarme lo que me jode. Porque solo me jode lo que no se hace. Y esto significa que NADA ME JODE.

 

 

 




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